No contento con ser el autor de la ley de amnistía para aquellos militares y policías que bajo un alias torturaban y asesinaban a humildes campesinos de los Andes, sean ancianos o niños; que abusaban de mujeres indefensas; que prendían fuego a aldeas enteras; que mataban sindicalistas y periodistas y los reventaban con dinamita y anfo, imitando tan bien a los terroristas que perseguían; ahora Fernando Rospigliosi quiere hacer una ley de amnistía más contemporánea para “desagraviar” a los militares y policías que masacraron y ejecutaron a decenas de ciudadanos, entre ellos 6 menores de edad y que dejaron más de 600 heridos entre fines del 2022 y comienzos del 2023, durante las protestas contra Dina Boluarte.
¿En qué momento se jodió Rospigliosi? Antes combatió ardoroso con su pluma al “fujimontesinismo” y seguro habría combatido también a Dina Boluarte y su gobierno nocivo para el país, pero él mismo se ha encargado de sepultar sus credenciales democráticas, de cavar la tumba de su dignidad y de escribir su propio epitafio para la memoria y la posteridad.
Conocí a Fernando Rospigliosi en 1999, por entonces yo había empezado mi carrera como redactora de Caretas, en la sección política, y cubría junto a otros periodistas lo que sería el último año, el más frenético quizás, de la dictadura de Fujimori. La revista Caretas, magistralmente dirigida por el legendario Enrique Zileri, le había declarado la guerra al fujimorismo y era uno de los pocos medios independientes y valientes que denunciaba los abusos de poder, los crímenes y los latrocinios. Fernando Rospigliosi era un emblemático columnista de la revista. Antifujimorista hasta los huesos, recalcitrante opositor que escribía con el cuchillo entre las manos. En su columna “Controversias” vertía toda su furia contra Fujimori: Lo llamaba dictador, torturador, miserable, delincuente y otros adjetivos más. Incluso se dice que algunos de sus compañeros le llegaron a decir que parara la mano con la retahíla de adjetivos. Pero él seguía y arremetía también contra el escurridizo asesor Vladimiro Montesinos, la entonces “primera dama” Keiko Fujimori y contra el “Congreso fujimorista infame”, las martuchas, las Cuculiza, las Moyano, a todas ellas, con las que se cruza ahora seguramente como el escudero y defensor fujimorista que se volvió, las levantaba de arriba abajo con su pluma rabiosa y las insultaba sin clemencia. También le caían cachiporras al general “victorioso” Hermosa Ríos, a los comandantes generales de la Marina, el Ejército y la FAP. Esa furiosa columna contrastaba con el casi siempre buen humor de Rospigliosi, dicharachero, bromista, campechano y dueño de una risa estrepitosa que recorría todos los pisos del viejo edificio de Caretas. Carcajadas que competían con los gritos destemplados de Enrique Zileri en pleno cierre.

Así de risueño lo conocí a Rospigliosi cuando llegó a la sala de redacción del cuarto piso del viejo edificio de Caretas, ubicado en el Jirón Huallaga 122. En ese piso funcionaba la sección política. Y Rospigliosi llegaba a reemplazar a Sergio Carrasco el editor de política y de la sección Mar de Fondo, cuando se iba de vacaciones. Nunca lo vi enojado ni de mal humor, menos estresado, era un hombre que parecía relajado, como que casi todo le resbalaba. Algunas conversaciones con el Rospigliosi de aquella época versaban sobre los trapacerías del misterioso asesor Vladimiro Montesinos; las torturas de los agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) a Leonor La Rosa; los plenitos en el Congreso para fraguar leyes a favor de la reelección de Fujimori; la resistencia de los tres honorables magistrados del TC de entonces, Delia Revoredo, Manuel Aguirre Roca y Guillermo Rey Terry y que fueron defenestrados por el congreso fujimorista de entonces; las marchas de los jóvenes; la férrea lucha, en medio del transfuguismo, de congresistas honestos como Javier Diez Canseco, Anel Townsend, Valentín Paniagua; también hablábamos de los diarios chicha de esa época y de los canales profujimoristas que luego se supo habían vendido su alma al diablo por miles y miles de dólares. Rospigliosi insultaba a los congresistas tránsfugas, maldecía a los que habían vendido su alma al diablo por la causa fujimorista. Ni la pitonisa más acertada habría visualizado que el mismo Rospigliosi, veinte años después, se vendería en cuerpo, alma y mente a la hija del dictador y a sus planes de malversar la dignidad del Perú. Y no sólo eso, sino que se convertiría en el cerebro y el propulsor de las leyes más retorcidas, abusivas y antidemocráticas.
Rospigliosi llegaba sólo los días jueves al mediodía para la reunión general que encabezaba Zileri con los editores y jefes de sección y que podía durar hasta 5 horas corridas. Y lo volvíamos a ver hasta el martes de la siguiente semana, el día del cierre, que podía ser un día interminable, porque los martes de cierre en Caretas uno sólo tenía la certeza de la hora en que ingresaba a ese túnel macondiano que era Caretas. El resto era impredecible. Había ocasiones en que al final de un cierre uno podía ver el alba a través de la ventana, que daba justo frente a Palacio de gobierno. Pero Rospigliosi no aguantaba pulgas. Lo recuerdo escapándose en plena locura del cierre, casi susurrando decía: “Me voy y vuelvo”. Y siempre era la misma excusa:
-“Me voy a un cóctel de la embajada de los Estados Unidos, que ahí siempre hay novedades”.
Y a veces no volvía más. Y Zileri se volvía loco buscándolo por todo el edificio y gritaba:
-“¿Dónde esta Rospiiiiiii?!!”.

Don Enrique, Rospi está ahora en los vericuetos del submundo fujimorista, en las antípodas del espíritu de Caretas, en el fondo de las aguas servidas del cinismo, en los extravíos de las luchas más abyectas, en los abismos de la traición tan consciente como descarnada.
Quienes lo conocen mejor y de toda la vida lo retratan como un personaje sinuoso que ha trocado ahora en una burda imitación del mismísimo Montesinos, un Rasputín de media caña. Rospigliosi estudió sociología en la Católica a mediados de 1960 e hizo sus primeros pininos en la política como militante de Vanguardia Revolucionaria. Con el tiempo se convirtió en hombre de confianza de Javier Diez Canseco. “A decir verdad, “el gusano”, así lo llamaba toda la facultad -escribe Rodrigo Núñez Carvallo sobre Rospigliosi- no destacaba demasiado, pero era un hombre disciplinado como una roca”.
Núñez Carvallo también ha recordado el pasado de Rospigliosi en Caretas y su ingreso como supuesto informante de la DEA.
“En aquellos tiempos de bombas y apagones, la senderología fue para Rospigliosi una honrosa salida para el desempleo, además conocía el medio y la pluma lo ayudaba. Terminó de editor en Caretas y desde allí alimentó su vocación de comisario. Entró en contacto con agencias extranjeras y vendía sus servicios de consultor de seguridad. Fue informante de la DEA a cambio de obtener primicias, y penetró en las telarañas de los servicios de inteligencia, submundo que descuida la entereza y fomenta las dobleces, y claro fue virando hacia posiciones cada vez más conservadoras y autoritarias, mimetizándose con sus antiguos enemigos”
Siguiendo con el relato de Núñez Carvallo, menciona que de acuerdo a un cable de Wikileaks de 2005, Rospigliosi ya se había vuelto un caserito de la embajada norteamericana. Y, como tal, se reunía periódicamente con los principales consejeros del departamento de Estado y le pidió ayuda al mismísimo embajador James Struble para frenar el avance electoral de Humala. “El presunto objetivo era contener el movimiento nacionalista en las regiones cocaleras (…) El embajador rechazó implicarse en campañas e información o comentarios antihumala”.
Esas escapadas de Rospigliosi a la residencia del embajador estadounidense en plenos cierres de Caretas quizás despertaron en él las ambiciones más secretas y oscuras de poder y dinero. Ahora bien, si el congresista fujimorista Fernando Rospigliosi y la señora aliada del fujimorismo que ocupa Palacio de gobierno, no le cree a los cientos de huérfanos y viudas, ni a las organizaciones de derechos humanos a nivel nacional, ni a los medios independientes y periodistas -algunos asesinados por las fuerzas del orden- ni a la Comisión de la Verdad, ni a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, ni a las Naciones Unidas, ni a nadie sobre la certeza de los crímenes y excesos cometidos por las Fuerzas Armadas durante la lucha antiterrorista entre los años 1980-2000, entonces deberían echar una mirada a los informes de los servicios de inteligencia estadounidenses que se dieron por esa época, círculos que siempre han deslumbrado al señor Rospigliosi y que a toda costa ha buscado la manera de colarse en ellos. En esos reportes, que quizás hasta contaron con la participación del mismo “Rospi”, también se describen graves abusos en operaciones de “localización y eliminación” realizadas por el ejército del Perú contra civiles indefensos, que nada tenían que ver con los grupos terroristas, al contrario, eran también sus víctimas.
En agosto de 2023, cuando se cumplieron 20 años de la presentación del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el Perú, el Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, publicó una colección de documentos estadounidenses desclasificados que incluía cables e informes de inteligencia inéditos que detallaban la brutal estrategia contrainsurgente de “guerra sin cuartel”, librada por el gobierno peruano. Además de todas las maniobras de ese mismo gobierno de Fujimori para proteger de la justicia a miembros de las fuerzas de seguridad que habían cometido graves violaciones de los derechos humanos.
Por ejemplo, el Informe del Comando Sur del Pentágono (SOUTHCOM) describió la escalofriante secuencia de hechos ocurridos durante la “Operación Aries” que consistió en lo siguiente: helicópteros peruanos ametrallaron una serie de aldeas de zonas andinas en el centro del país, antes de enviar tropas de infantería para violar y asesinar a los supervivientes. El documento de inteligencia estadounidense describe “cuantiosas víctimas en la localización y eliminación” del Ejército en zonas que eran consideradas bajo el control de los subversivos.
Imagino ahora una carátula ideada por Zileri sobre Rospigliosi.
Si el genio de Zileri llamó “Rasputín” a Vladimiro Montesinos, seguramente a Rospigliosi, el servil factotum del fujimorismo, lo llamaría “Rospitín”.




