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Arana, el premier atrapado en altavoz

Por:

Karla Ramirez Camarena
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En política, la peor traición no siempre viene con puñales por la espalda: basta un teléfono en altavoz para finiquitar la traición. Así fue como Eduardo Arana, actual presidente del Consejo de Ministros, quedó expuesto en un audio junto a Juan José Santiváñez, ambos enemigos íntimos en Palacio. La llamada con la que Arana, entonces ministro de Justicia, aceptaba que haría un favor penitenciario para alias El Diablo no solo lo compromete jurídicamente, sino que revela las grietas profundas de un vínculo hecho de amistad convenida, envidias y poderes compartidos.

El 9 de septiembre de 2024, Santiváñez, siendo ministro del Interior, recibió en su despacho a la familiar de Miguel Marcelo Salirrosas, alias El Diablo, condenado por ser el brazo criminal de KyK, vertiente de Los Pulpos. En lugar de actuar como autoridad, se escucha a Santiváñez hacer de abogado particular. Y como todo abogado que presume tener contactos, necesitaba mostrar músculo. Levantó el teléfono, llamó a Arana y lo puso en altavoz. “Hermano, rapidísimo nomás”, dijo Santiváñez. “Ya, lo veo ahorita. Lo veo ahorita”, respondió Arana, sin titubeo alguno.

La voz del premier quedó atrapada en la grabadora de la avezada visitante. Arana, en ese espectáculo de poder, asintió sin preguntar, sin incomodarse y prometió revisar el caso. Arana es propenso a las llamadas peligrosas, como aquellas que sostuvo –y por las que hasta hoy se le investiga– con los llamados cabecillas cuellos blancos: César Hinostroza y Walter Ríos.

Amistades peligrosas

Es brutal lo simbólico del altavoz de aquella llamada de septiembre. Santiváñez, el ministro, quiso demostrar que tenía línea y eco directos en otro ministro, en este caso, Arana. Lo usó como carta de garantía frente a la mujer que lo venía grabando todo desde que ingresó al ascensor del edificio del Ministerio del Interior. Arana, al responder con naturalidad, aceptó ser parte del espectáculo.

Pero detrás de la cortesía fraterna había algo más. Según fuentes palaciegas, Arana y Santiváñez siempre oscilaron entre la complicidad y la rivalidad por los cariños de la presidenta Dina Boluarte, aunque más que por el cariño, por el poder. “Hermanos” en la jerga política, pero competidores feroces en la sombra. Caín y Abel. Se necesitaban, se respaldaban, se envidiaban. 

Arana cosechó en silencio hasta lograr volverse presidente del Consejo de Ministros, pero su victoria fue pírrica. Santiváñez, a punta de escándalos por defender a la presidenta, se convirtió en el verdadero brazo derecho de la mandataria, quien en un consejo de ministros, con Arana en silencio, llegó a decir que “lo que diga Juan José es como si yo lo dijera”, según fuentes de Palacio.

El masón silencioso

La rivalidad tenía un componente adicional: la Francmasonería del Perú. Eduardo Arana es Maestro Masón en la Gran Logia del Perú, miembro del Supremo Consejo con grado 33 en la llamada masonería filosófica y parte de uno de los niveles más altos y prestigiosos en una logia donde su nombre se pronuncia con respeto. 

Santiváñez, en cambio, apenas logró colocarse como aprendiz en la Respetable Logia Simbólica Parthenon N° 4. “Hace años no va y está alejado de la orden”, alcanzó a responderme el Gran Maestro de la Gran Logia del Perú, Carlos Tejeda. Ese contraste carcomería a Santiváñez. Envidiaría el rango de Arana que, según fuentes de la logia, difícilmente alcanzaría. Para otros en ese movimiento filosófico, la llamada de aquel 9 de septiembre fue también la manera en que Santiváñez buscaba equilibrar el tablero: si no tenía el rango, podía demostrar que tenía el poder de arrastrar a Arana al barro.

El premier que nunca corta

La gravedad no está solo en lo que Santiváñez dijo, sino en lo que Arana no hizo; No cortó, no se negó, no marcó distancia. Su “ya” fue suficiente para que un trámite penitenciario pasara de la promesa al familiar de El Diablo al pedido directo hacia el ministro de Justicia y, como tal, jefe del INPE.

Lo perverso vino después. Arana no niega de plano el audio, solo lo “desconoce”. Se refugia en tecnicismos, acusa a la Fiscalía de filtrar pruebas, ataca a la prensa, al mensajero y no al mensaje. Arana olvida también que, tras la censura de Santiváñez como ministro del Interior en marzo de este año, fue él mismo –ahora ya premier– quien lo reincorporó como ministro de Justicia sabiendo de qué pie cojeaba su hermano masón.

Entre El Diablo y la democracia

Lo que ocurrió en ese despacho es más que un escándalo: es la radiografía del Estado convertido en gestoría privada. Santiváñez como emisario de El Diablo; Arana como ventanilla silenciosa. Y la masonería como telón de fondo: la supuesta “reserva moral” de la sociedad guardando silencio mientras uno de sus maestros responde con ligereza a un pedido ilegal.

El problema es que la ciudadanía ya no se sorprende. Santiváñez ha calificado la llamada de trámite normal o hasta humano para su ¿ex? cliente El Diablo, lo que a ojo de un estudiante de Derecho es tráfico de influencias. Santiváñez ha normalizado lo que a todas luces sería un grave delito, secundado de ministros y congresistas que le deben o le temen. En cualquier democracia con dignidad, un audio como este habría tumbado a un gabinete.

El verdadero Diablo

Paradójicamente, El Diablo no es solo ese expolicía condenado en Trujillo. El Diablo es un sistema donde la lealtad masónica convive con la corrupción, donde los “hermanos” se traicionan entre sí y se exhiben en altavoz. Santiváñez quería el prestigio de Arana; Arana quería el silencio de Santiváñez. Ambos terminaron atrapados en la misma llamada. Esa grabación resume el momento actual de todo un país: un ministro al teléfono, un premier diciendo “ya” y un Diablo esperándolos en el pabellón 13.

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